Ayer a las 18:30, la Librería de Pimiangu comenzó a recibir al público que se acercó para disfrutar de una pequeña muestra de lo que es MUSOC. El goteo de gente fue incesante hasta pasadas las 19:30, superando las expectativas de asistencia. Esteban, nuestro anfitrión, no permitió que nadie se quedará con las ganas y fue sacando sillas de la nada para acoger a todo el mundo.
Una vez que el público estuvo acomodado, nuestro compañero Javier Leiva dio paso a una sesión de cortos de temáticas distintas en un intento de mostrar las diversas secciones de MUSOC.
Clàudia Cédo, en De Sucre, desde la sección Hijas de Guy, nos enfrenta en 29 minutos a la reflexión sobre la autonomía y los prejuicios sociales que enfrentan las personas con discapacidad.
Parte de la sección Tránsitos es Ese Lugar Partido, en el que los directores Inés Pintor Sierra y Pablo Santidrián abordan el impacto de las separaciones físicas y emocionales, contando en 8 minutos la historia de Marcos y Mateo, amigos cuya relación se ve afectada por la construcción de una autopista que divide su pueblo y sus vidas.
En Artesanía, Manuel y su hija Vicky intentan superar, cada uno como se le ocurre, dos problemas que aquejan a la sociedad actual: el fin del comercio local por las multinacionales que arrasan con todo y la desesperanza de las personas jóvenes condenadas a no poder independizarse. David Pérez Sañudo consigue, a pesar de lo dramático de la situación, arrancar las risas del público en este corto de la sección Periferias.
La sesión terminó con el corto quizá más impactante de los cuatro. Yellow, de Elham Ehsas, que nos sitúa en un Afganistán controlado por los talibanes. En 12 minutos de intensidad, seguimos a Laili, quien entra en una tienda de Kabul para comprar su primer velo integral, reflejando la cruda realidad afgana, sobre todo para las mujeres, condenadas a desaparecer a todos los niveles.
Una pequeña muestra del poder del cine para aportar otras visiones a las cuatro erres del compromiso social: realidad, reflexión, reivindicación y revolución
La Librería de Pimiango es ese espacio que debería haber en todos los pueblos. Un sitio donde te puedes tomar un café o un vino, comer un tablón de embutidos o un ceviche y, además, comprar un libro y conocer a quien lo escribió, ver una película o asistir a un concierto. Un chigre de los que alimenta en todos los sentidos, que se convirtió en el escenario perfecto para esta pequeña muestra del poder del cine para aportar otras visiones a las cuatro erres del compromiso social: realidad, reflexión, reivindicación y revolución.




















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