Si para nosotras el compromiso con las causas sociales, su historia y su cultura son el centro en torno al que gira su MUSOC, el compromiso con ciertas sensibilidades y ciertas miradas críticas con la realidad que nos rodea y su historia también son una parte integra de la forma en la que pensamos en la Muestra. Una de esas miradas que ha nutrido la forma en la que el cine español se piensa a sí mismo políticamente, es la del cine de Eloy de la Iglesia, al cual pudimos recordar este sábado 17 en el CMI Pumarín Gijón Sur, de la mano de la nueva película de Gaizka Urresti, quién en 2023 dirigió la película que nos permitió homenajear a Labordeta en una clausura de MUSOC de la que aun permanecen recuerdos vivos de música y cine.
En esta ocasión, la película Eloy de la Iglesia, adicto al cine nos lleva a través de toda la vida de un director que durante muchos años fue deliberadamente olvidado, junto a una «España de la Transición» que desbordaba en sus películas. Además, contamos con el lujo de estar acompañadas por el actor Ángel Pardo, que interpretaba a aquel joven Nes en dos de las películas más efervescentes que Eloy de la Iglesia realizó durante los años de la «transición», cuya relevancia sigue vigente por su mirada crítica sobre un periodo de nuestra historia y sobre nuestra sociedad, Los placeres ocultos y El diputado, además de dar voz a la primera aparición de Jose Luis Manzano en Navajeros, que inmortalizó al director a la cabeza del cine denominado quinqui, pero con un componente claramente social. Aquellos delincuentes de barrio, que se convirtieron en los héroes de muchos y que hoy todavía dejan ver su huella en las tendencias musicales españolas más recientes.
Sus adicciones le pusieron un estigma encima, le llevaron a aislarse y a abandonar todo, desde el cine hasta a sus amigos.
La biografía de Eloy de la Iglesia puede aparentar excesiva por sus adicciones, los giros trágicos que vivió y su búsqueda constante de la libertad a través del cine, pero su lucidez, y su capacidad crítica y humanista para retratar, nos dejó con una obra sin herederos directos y el testimonio de vidas que en contadas ocasiones pudieron tener otro lugar en la gran pantalla. Su compromiso con sus ideas, aunque imperfecto, errático y, a veces, extremo, como él mismo confiesa en las entrevistas que recupera la película, le llevaron a vivir la vida que el mismo trato de reimaginar para dar luz a todas aquellas personas que quedaron fuera de la imagen de la España que construyó la Transición. Historias de delincuencia, drogas y violencia que inundaron los barrios pobres desde principios de los ochenta, toda una generación de jóvenes que no tuvo otras herramientas u opciones para sobrevivir y enfrentarse a una nueva realidad que les desechaba y condenaba a la adicción y a la represión de un sistema clasista que la democracia no fue capaz de deshacer.
Su recuerdo a través de Ángel Pardo, que converso con el público y con Toño Huerta, director de la Fundación Juan Muñoz Zapico, que amadrinaba la proyección, permitió evocar la figura de un cineasta persistente y sensible, que en cuanto pudo hacer lo que quiso, nunca dejó esa libertad atrás. También pudimos compartir esa memoria de las presiones políticas que recibió durante la realización de El diputado, los años en los que su adicción le puso un estigma encima, le llevaron a aislarse y a abandonar todo, desde el cine hasta a sus amigos, y hablar sobre la necesidad de seguir recordándolo, y volver a poner en valor su obra, qué todavía es más apreciada en el extranjero que en el propio estado español.


























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