Este año nos despedimos de Cangas de Onís con una de las películas que más nos emocionó durante la confección de la programación de esta edición, Mi postre favorito. Amadrinada por el Colectivu Rural de Muyeres del Oriente, la presentación fue momento para recordar la situación que transcurre en estos momentos en Irán, que los derechos si no se luchan por ellos, se pierden, y cómo los primeros en caer son los de las mujeres, aquellas que en este momento lideran la resistencia que sufre en este momento el pueblo iraní. También nos sirvió para recordar que el deseo se construye y que su naturaleza la confecciona nuestro orden social y cultural.
La película de Maryam Moghaddam y Behtash Sanaeeha nos cuenta la historia de Mahin, una mujer mayor que anhela el afecto y el cariño, que pasa las mañanas viendo telenovelas en soledad mientras se maquilla, las tardes de cotilleo con sus amigas, y espera que llegue alguien que le devuelva el tacto, la intimidad y la cercanía a su día a día. Decidida a encontrar a ese alguien, sale a la calle a buscarlo y acaba encontrando Faramarz, un taxista, que, aunque al principio se extraña, se reconoce en su soledad, y decide aceptar la propuesta de compartir una noche en casa de Mahin. Mi postre favorito es un retrato de la soledad en la tercera edad, de la represión de las mujeres y su libertad por expresarse, pero también una mirada tierna y sensible sobre compartir el tiempo juntes, bailar, beber vino y acompañarse en la noche hasta que nuestros cuerpos nos lo permitan.
Toda declaración de amor es urgente porque vamos a morir.
Sin embargo, la fragilidad de nuestros cuerpos tiene un límite y tan pronto la vida nos regala un poco de amor, la muerte nos lo puede arrebatar igual de rápido, recordándonos que nunca es demasiado tarde para encontrarlo, pero, como decía el poeta chileno Raúl Zurita, “toda declaración de amor es urgente porque vamos a morir” quien, consciente de la crueldad de la opresión bajo la que vivió en el Chile bajo Pinochet, expresa tan bien ese sentimiento de incertidumbre ante la libertad ausente, ante vidas vividas sin la posibilidad de expresar la forma en que se ama libremente.
La película nos deja entrever ese amor y afecto que por una noche Mahin consigue entre las paredes de su casa, libre de las miradas de sus vecinas, de la vigilancia de la «Policía de la Moral», nos deja ver cómo, ya muerto Faramarz, Mahin acompaña en aquel cuerpo con sus anhelos y su afecto los últimos momentos de una fantasía que pudo haber sido una vida, pero que la edad y la opresión del régimen del Shah y del de los ayatolas les ha robado antes de poder disfrutar juntes, siquiera por primera vez, de su postre favorito.












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