Avanza el siglo XXI y empieza a suceder que cualquier tiempo pasado no necesariamente fue peor. En una sociedad con una cultura colectiva aspiracional a que el futuro sea cada vez mejor, On falling se muestra como un baño de realidad nada halagüeño. Una inmigrante portuguesa en Escocia intenta sobrellevar su día a día en un trabajo mal pagado en un gran almacén y desarrollar su vida personal con el escaso y arbitrario tiempo libre del que dispone. Un relato opresivo del que el pasado miércoles pudieron “disfrutar” una sesentena de persona en el Centro Polivalente de Lugones. Entrecomillamos el término pues el tono de On falling es profundamente desesperanzado, porque, aunque se centra en la vida cotidiana de Aurora, una emigrante portuguesa, simbólicamente nos muestra la alienación de la sociedad en general, poniéndonos la cabeza y el corazón en modo pesimista, ya que apenas hay atisbo de esperanza más allá de un escaparate de pasteles.
Existe toda una generación que aunque tiene trabajo, se tiene que conformar con condiciones laborales extraordinariamente duras: trabajo de picker en un gran almacén ¿podría ser Amazon en este mismo concejo?, compartir piso como única alternativa habitacional posible, un exiguo sueldo que apenas da para llegar a final de mes, hay aislamiento social…. La película pone de relieve el agotamiento emocional que provoca un trabajo repetitivo carente de creatividad y cómo el individuo, convertido en una pieza más de una correa de transmisión, se va aniquilando paulatinamente como persona.
La incomunicabilidad de hoy en día queda patente en las escenas en las que consultan de forma profundamente dependiente sus respectivos teléfonos en lugar de interactuar entre ellos. Múltiples soledades centradas en las pantallas de móvil simbolizando el desencanto de una sociedad que ha sustituido las relaciones humanas por las redes sociales.
On falling muestra la vida de Aurora, o lo que es lo mismo, muestra la vida de toda una generación.
El ritmo de la película es lento y repetitivo, por momentos agobiante, recurso pretendido para trasladar a quien está en la sala a la propia atmósfera vital de la protagonista, un día tras otro. La luz, o más exactamente la falta de ella, cumple también su función en la misma línea. También lo hace la elección de las localizaciones en la fría y húmeda Escocia, posiblemente una gran ciudad aunque ni en nuestro caso, ni en el de Aurora, vemos más allá de dos tristes calles y el hangar de trabajo, siempre el hangar de trabajo.
La directora, Laura Carreira, con sumo respeto y empatía respecto a los personajes, a los que desprovee de cualquier atisbo de conflictividad, utiliza el silencio más que la palabra para desplegar un discurso a grandes trazos contra el sistema, como si de un moderno Ken Loach se tratara, simplemente mostrándote el conflicto en sí. Sobran las palabras o explicaciones.
Una película que representa la esencia de MUSOC: ver, reconocer, reflexionar, y en el mejor de los casos actuar sobre una situación que podemos resumir como que hemos perdido el norte y que debemos hacer lo posible por lograr un apagón tecnológico colectivo. Toca encontrar la brújula





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