Green Border o la degradación moral de Europa

La cinta de Agnieszka Holland no dejó indiferente al público que se dio cita anoche en el CMI Pumarín Gijón Sur, prácticamente con el aforo completo. “Peliculón”, “Impactante”, “Esto es MUSOC, MUSOC” fueron algunas de las expresiones que se escuchaban a la salida con rostros congestionados, al borde de las lágrimas, y un cierto sentimiento de “qué estamos haciendo que no paramos esto” similar al que nos embarga cuando asistimos al genocidio de Gaza. Y es que Holland también fue refugiada política en Francia, en 1982, tras la Ley Marcial en Polonia, así que sabe de lo que habla y conoce bien los sentimientos de frustración, miedo y sueños rotos de sus protagonistas. 

Nos acompañaron en la presentación Alejandro Díaz Castaño, director del FICX, y Bruno Álvarez, fundador de No Name Kitchen en Asturias, organización que ofrece a personas en pasos fronterizos asistencia médica, ropa, alimento, y asesoría legal y que denuncia de abusos por parte de las autoridades en Patras (Grecia), Sid (Serbia), Velika Kladusa (Bosnia), Ceuta, Melilla o donde sea necesario.

¿Dónde está la frontera entre el bien y el mal? Se pregunta la cineasta Agnieszka Holland en Green Border.

Green Border, Premio Especial del Jurado en Venecia, funciona como una pedrada a nuestras conciencias. Las historias entrelazadas de una familia siria, una profesora afgana, activistas y guardias fronterizos entre Bielorrusia y Polonia, componen el puzzle de una crisis humanitaria en la que las personas que buscan refugio y asilo son carne de cañón y  sus vidas valen menos que cero. Descarnada y cruel como la vida misma, narra nuestra historia reciente basándose en hechos y testimonios reales. Green Border denuncia el trato cruel que reciben los solicitantes de asilo en su tránsito hacia una Europa en la que confían encontrar una vida digna, y sin embargo solo encuentran dolor, humillación, y hasta la muerte. Holland hace amigos en casa al denunciar, por una parte, al gobierno filofascista de Polonia —que, además de oprimir al colectivo LGTBIQ+, prácticamente ilegalizar el aborto y suprimir la educación sexual en los colegios, se dedica a difundir bulos sobre los refugiados para deshumanizarlos y justificar así las torturas a las que los somete— y por otra a la dictadura de Bielorrusia que utiliza a las personas migrantes como peones políticos para provocar a Europa. Y cómo no, denuncia a toda Europa que mira hacia otro lado y no hace nada para detener estos crímenes de lesa humanidad.

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